Ecología

Catemaco

Adriana Herrera

catemaco.jpg (150158 bytes)Catemaco. Este nombre evoca pensamientos mágicos, y si el lector está de acuerdo en que la magia es equivalente a cosas maravillosas, entonces Catemaco es un lugar donde la magia existe.

La laguna de Catemaco, con una extensión de 7,500 hectáreas y una profundidad de hasta 11 metros en su parte central, está situada en la exhuberante región de los Tuxtlas, en la parte sur del estado de Veracruz. En esta región se localizan cerca de 300 conos volcánicos, y es una de las zonas con mayor biodiversidad en nuestro país.

Es precisamente en lo peculiar de su flora y su fauna, donde reside la magia que nos envuelve al acercarnos por carretera desde la cercana ciudad de Veracruz.

En un momento, dejamos atrás la llanura costera y comenzamos el ascenso por la zona montañosa. El paisaje cambia, lo mismo que la vegetación: farallones de roca, acantilados y bosques tupidos anuncian que nos acercamos a la selva americana situada más al norte. Por fin, dejando atrás Santiago y San Andrés Tuxtla, llegamos a la población de Catemaco y una atmósfera de maravi-lla nos envuelve con la bienvenida de las opalinas aguas.

La flora es tan abrumadora como la fauna que se nos muestra al recorrer la laguna en una de las numerosas lanchas turísticas. La vegetación en la periferia del lago corresponde a la selva baja perennifolia, con árboles como el Mangle, el Amate y el Mulato; sœbitas cascadas color fuego de la flor del Framboyán y sobre los troncos, las orquídeas delicadas. Abunda también el Apompo, cuyo tronco sobresale del agua, como un árbol que hubiese salido mágicamente del lago y que se adorna con exóticas flores de casi 30 centímetros.

En un momento dado, la lancha debe abrirse paso entre un jardín flotante de lirios que extienden sobre las aguas el manto liláceo de sus flores y también de la Col de agua, cuyas raíces protegen a miríadas de pequeños peces y crustáceos.

Sin duda, llegar hasta las islas de Catemaco es emocionante. La llamada de los Pájaros es una pequeña porción de tierra afianzada en las sobresalientes rocas por Manglares y Apompos, y literalmente cubierta de aves acuáticas: garzas blancas y cormoranes coronan las copas de los árboles a centenares y gran variedad de otras garzas pardas, blancas y verdes que se revolotean, pelean, aman, alimentan y anidan desde las ramas bajas hasta la orilla misma del agua, donde subrepticiamente se asoma por ahí alguna tortuga oscura.

Existen también otras islas sorprendentes. En la más grande de ellas hay una cima cubierta de bosque, donde viven dos tribus de monos aulladores, águilas y martín pescadores. En otra, más pequeña, hay una familia de macacos con una historia muy particular: siendo originarios de Africa, fueron traídos a esta isla como parte de un experimento que realiza la Universidad Veracru-zana. Arborícolas y absolutamente terrestres en su lugar de origen, durante varias generaciones se han adaptado al hábitat acuático que se les impone. Se han reproducido exitosamente y desarrollan nuevas habilidades: juegan en el agua, se zambullen e incluso bucean para sacar pequeños moluscos llamados tegogolos que constituyen para los macacos una nueva fuente de alimento.

Si al llegar a este punto el lector piensa que aquí terminan las maravillas, está equivocado, todavía hay más. Una senda cercana nos llevará a Nanciyaga, parque natural donde lo primero que nos impacta es la inmensidad de la selva. A muchos metros hacia el cielo y rodeándonos hasta donde alcanza la vista, la densa sombra es proyectada por gigantescos Amates, Ceibas y Alamos que a su vez están cubiertos por lianas, enredaderas y orquídeas sobrepuestas. El zumbido de los insectos es constante y el hœmedo bochorno del ambiente nos lleva de sœbito a una maravillosa certeza: esta es la selva, la verdadera.

Por ahí se pueden ver también jabalíes, loros, tucanes y si se tiene suerte, cocodrilos.

Y para que el encantamiento sea completo, yo le sugiero al amable lector que pase la noche en Catemaco, o Nanciyaga, y al día siguiente se levante muy temprano, salga a la orilla del lago y regale a su espíritu, con la insólita belleza que le confiere al paisaje, la salida del sol.