Facetas

Lácides García Detjen

Educar a los hijos es quizás el mayor desafío que tiene una pareja que ha decidido enriquecer la especie y trascender los apellidos, formar una familia y dejar sobre la tierra las raíces, los hijos, para que lo recojan a uno cuando se es grande o por lo menos, se acuerden de que también llegarán ellos, si es que se cuidan, a ser viejos.

Si antes los padres cumplían con la educación de sus hijos, en la medida en que eran más rígidos, autoritarios y hasta chocantes, porque todo prohibían. Era entonces usual decir: Tú, una niña de diecisiete años, no te asomes tanto a la ventana; no salgas a la puerta de la calle así, en esas fachas. No lleguen tarde, porque ustedes son hijos de familia.

Los ejemplos de este tipo, rebosantes de prohibiciones y enredados en la creencia de que así era la forma ideal de educar, de hacer los hijos perfectos, que caminaran derechitos, como si fueran unos equilibristas de circo llegado al pueblo en época de feria, abundan y, creo que no exagero, si afirmo que todavía se dicen y se aplican en algunos lugares de nuestro país, para no ir tan lejos.

Los padres, por muchas razones, tienen especial cuidado y exigencia en la educación de sus hijos. Lo más elemental y común, es que los padres quieren que sus hijos sean bien vistos; que gocen de aprecio y que nadie hable de sus muchachos, porque es como si hablaran mal de la familia y pusieran en entredicho la facultad, la capacidad y la eficacia educativa de ellos.

Pero de todo hay en la viña del señor. Hay desde los padres más entregados y preocupados, que rayan en la obsesión, hasta los que toman las cosas de manera deportiva, desenfadada y en el menor de los casos, descansan esta tarea, no sólo en la mujer, sino en las manos de los suegros o de los tíos y tías, que no pudieron tener hijos y que por ello se entregan en cuerpo y alma, a los cuidados del sobrino consentido.

En ésta era de materialización, en la que todo se vuelve una vulgar mercancía de circulación, tanto en las refinadas tiendas de autoservicio como en los puestos de ambulantes de banqueta que impiden caminar placenteramente por el centro de la ciudad y disfrutar sus calles, encontramos libros, folletos, revistas, cassettes, videos o CD, que explican y dicen lecciones de cómo educar a los hijos. Pero la verdad sea dicha. Esos tratados o consejos, son generales y no reglas exactas, que en un determinado momento pueden dar un apoyo ideal y teórico a un padre que está angustiado y en un callejón sin salida, sin saber qué decir o contestar a un hijo inquieto y que no hace caso cuando se le habla.

Desde psicólogos notables como Jean Piaget, hasta pedagogos y otra suerte de gente preparada, se han preocupado por elaborar herramientas que ayude a los padres a salir de los aprietos en que los meten sus hijos en la responsabilidad de educarlos en familia. En la tónica de que los hijos deben comportarse como Dios manda y que no deben mirar a nadie con el rabo del ojo, ni escupir en el piso, rascarse en las zonas de nobleza o dignidad, cuando se está de visita en casa de los amigos, ahí en la sala, delante de todos. A esa época pertenece el legendario y bien recordado Manual de Urbanidad de Carreño, libro de reglas escrito por un ilustre solterón venezolano que alcanzó 85 años de imperturbable vida, lavándose las manos cada vez que saludaba a una persona; que nunca se sonaba la nariz en la mesa, cuando la familia estaba comiendo.

A Edward de Bono, famoso profesor que lleva más de treinta años investigando sobre los métodos de cómo enseñar a pensar a la gente; pero lo que se dice pensar bien, le debemos la posibilidad de conocer algunas estrategias de entrenamiento de cómo enseñar a pensar a nuestros hijos. Sus libros son muy leídos y aplicados, estoy seguro.

Con el año 2000 apareció en México la traducción de la obra de Judith Rich Harris, El Mito de la Educación, libro en el que la autora pone en cuestión y abre muchas dudas sobre la poca o nula influencia de los padres en la educación de sus hijos. Así lo dice la autora: "Este libro tiene dos objetivos: el primero, disuadirte de la noción de que la personalidad de un niño - lo que solemos llamar su "carácter"- es formada o modificada por los padres del niño; y el segundo, ofrecerte un punto de vista alternativo sobre cómo se forma la personalidad del niño."

En El Mito de la Educación, encontrarán los padres un punto de vista fresco, optimista y abierto, que les ayudará a plantear las preguntas claves y a desarrollar los argumentos, para poder explicarse, la manera particular y original de los hijos de ver el mundo; la cual, nunca, pero nunca, será ligeramente parecida a la de los padres. Si llegara a darse alguna identidad, ojo, mucho ojo, algo está pasando.

Octanaje 36