Pequeñas criaturas de la naturaleza

¿Quién no conoce a esas medias bolitas rojas y anaranjadas que se nos pegan en la ropa al caminar en el pasto crecido, que son presagio de buena suerte y que en cualquier momento vuelan hacia una dirección inesperada?

Estos pequeños insectos llamados comúnmente catarinas o mariquitas tienen el cuerpo redondo por encima y plano por abajo, patas ágiles, antenas cortas y ensanchadas en los extremos además de alas perfectamente desarrolladas y resguardadas por resistentes élitros.

Aunque su principal característica es el color rojo con puntitos negros, las catarinas son notables por las variaciones que se pueden encontrar en una misma especie ya que las hay también anaranjadas, amarillas, verdes, de tonos metálicos, obscuras, con dos, seis o siete puntos o bien sin puntos o con rayas entre muchas otras.

 A pesar de sus llamativos colores, son muy pocos los animales que atacan a las catarinas para alimentarse ya que ellas producen una sustancia especial que las hace despedir un olor desagradable y poseer un sabor amargo, lo que utilizan como mecanismo de defensa contra sus depredadores. Para este mismo fin poseen también glándulas ceríferas situadas sobre su dorso, así las catarinas se dejan cubrir pasivamente por su secreción serosa que actúa como escudo protector, aunque se trata de un escudo que no impone respeto al adversario por ser invisible.

Las mariquitas sufren metamorfosis completa, han conservado sus elementos bucales primitivos diseñados para la masticación de comida sólida y el par delantero de sus dos juegos de alas se transforma en coraza que se repliega formando una magnífica protección. Esto es lo que ha dado origen al nombre científico de “Coleópteros” que quiere decir alas en estuche.

Tanto las larvas como las catarinas adultas son útiles para preservar la vida de diversas plantas o arbustos ya que consumen gran cantidad de pulgones quienes suelen trepar por sus tallos y ramas en una fila compacta hasta llegar a las hojas superiores tupiéndolas totalmente de una mancha en movimiento de color verde o negro, provocando con ello su muerte.

Así, los pulgones son el alimento favorito de las catarinas que, al encontrarlos, los devoran uno a uno hasta desaparecerlos por completo salvando con ello a gran cantidad de plantas y flores de ser deformadas. Las catarinas no esperan si quiera a ser adultos para devorar a los pulgones sino que empiezan pocos días después de haber nacido, en su estado de larva y posteriormente de ninfa.

Estos animalitos lejos de poseer mal aspecto y resultar grotescos como muchos insectos, son elegantes a nuestra vista, parados sobre sus patas largas y moviendo las antenas en todas direcciones.

 

Para que las catarinas puedan llevar a cabo el apareamiento debe existir una pareja de la misma especie y es necesario que la hembra adulta esté en estado fértil y dispuesta a aparearse para poder propagar la especie.

La vida de las catarinas se inicia en huevecillos amarillos y de forma ovoide cuyo cascaron es grueso y fuerte lo que les ayuda a resistir las condiciones climáticas más adversas.

Las mariquitas adultas depositan sus huevos en lugares protegidos y poco visibles donde  habitan grandes poblaciones de pulgones.

Después de ocho o diez días los huevos se rompen y salen de ellos diminutas larvas de seis patas con cuerpecillos negros peludos.

Estas larvas permanecen inmóviles por uno o dos días después de haber cambiado  de piel por primera vez están preparadas para buscar alimento. Las larvas siguen desarrollándose rápidamente. A la primera muda siguen otras tantas y cada una aporta curiosas modificaciones con respecto a la forma inicial. De alargadas se hacen redondas adquiriendo un aspecto semiesférico que es típico de insecto adulto.

En el periodo de la última muda dejan de comer, se adhieren a una hoja con las extremidades del vientre y permanecen quietas en este lugar por dos largos días. Durante este periodo la piel se arruga, se rasga y se recoge en un minúsculo paquete en las extremidades del cuerpo para dar lugar a la aparición de la ninfa que constituye la última forma que procede al imago. Esta permanece inmóvil de nueve a diez días después de haber hecho un solo movimiento: sujetarse a la hoja que la sustenta con la parte anterior del cuerpo.

De pronto ocurre el milagro: la piel se rompe en la parte posterior sale lentamente una catarina redonda perfecta, de magníficos colores que permanece un momento quieta y luego alarga las alas y vuela con ligeros movimientos para cumplir las etapas restantes de su ciclo de vida. Las catarinas evitan los climas fríos y en invierno suelen unirse en grandes grupos para resguardarse bajo las cortezas o en grietas rocosas burlando así las heladas producidas por el rocío matutino.